Sonia Gonzalvez

ESTEREOTIPOS

ESTEREOTIPOS

 Debo confesar que no me enfrentaba al encuentro con la objetividad y la imparcialidad habitual en mí que han conseguido se me respete dentro de la profesión como a una brillante y fiable reportera de investigación. Acababa de enterarme de que al que hasta entonces consideraba mi padre, en realidad no lo era, al menos no el biológico. Mi padre murió hace dos años y lo echo de menos cada día. Mi madre y él siempre fueron forofos de la música, del rock. Mi madre tenía —y tiene— fotografías de sus ídolos musicales junto con las nuestras, las de la familia, repartidas por la pared de subida a la segunda planta de nuestra casa. Pero este hecho nunca me sorprendió y cuando tuve suficiente capacidad para entenderlo mi madre me explicó que siempre había sido muy mitómana y, además, una especie de groupie. En los ochenta estaba en plena adolescencia y pasó varios años viajando y disfrutando, junto a mi padre, de lo propio de la época: sexo y rock, y músicos, por supuesto, aunque a ese respecto ni quiso entrar en detalles ni yo le pregunté. Ha sido, precisamente, mi pericia para la investigación la que me ha hecho descubrir su secreto. Una vez desenmascarada, con las pruebas en mis manos, mi madre no ha dudado en contarme toda la verdad —me gustase o no, cosa que todavía estoy decidiendo mientras trato de asimilarlo—, ahora que “mi padre ya no puede sufrir por ello y yo soy lo suficientemente adulta como para entenderlo”. Debe de ser que mi madre se equivoca y que no soy todo lo adulta que debería, porque no termino de encajarlo: mi padre, el que me engendró, es el cantante de un grupo de rock que en los ochenta triunfó hasta límites insospechados, un mito, el mismo de sonrisa perfecta y cabellera rubia envidiable del que mi madre tiene instantáneas por toda la casa, cosa que siempre justificó con un simple: “es mi cantante favorito” y que todos —hasta su marido— aceptábamos como una más de sus manías propias de una fan.  Mis padres han estado toda la vida juntos —prácticamente como mi novio y yo—. Se conocieron en el instituto y se casaron varios años después. Siempre han sido mi modelo a seguir —mi esperanza frente a las evidencias mostradas por la sociedad— así que no puedo culparme si no termino de concebir cómo mi madre —la mejor madre y esposa que jamás creí iba a conocer— fue capaz de ser infiel y de mentir a mi padre en algo como la paternidad de su única hija. Aunque, en su defensa, alegó con una seguridad hiriente que todas las parejas, con el tiempo sino desde el principio, tienen escarceos y que ése es uno de los secretos por el que continúan juntos.  Evidentemente yo no pienso igual, siempre he defendido el respeto, la lealtad y la confianza como algo básico para que una pareja pueda llegar a algo y una infidelidad me parece una traición imperdonable. Con semejante caos mental —con los cimientos destruidos y en un cierto estado de shock postraumático— me disponía a enfrentarme a la entrevista que llevaba meses gestionando aunque, cuando por fin ella había cedido, no me sentía capaz de exprimir el encuentro con la fuerza suficiente como para extraer todo el jugo.  Barbie llegó puntual a nuestra cita en la cafetería de uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Haciendo gala a su nombre —aunque estoy segura de que no es el verdadero— y sin defraudar mis expectativas era una mujer alta, de anatomía espectacular y unos tremendos ojazos azules perfectamente maquillados aunque lo que más me llamó la atención de su fastuoso físico imposible de pasar desapercibido fue su larga, cuidada y estupenda cabellera rubio platino —a mí y a todos los que se giraban a su paso mientras caminaba hacia la mesa—. Por su indumentaria de firma y complementos varios —perfectamente estudiados y caros, carísimos— hubiese podido pasar por una ejecutiva, o por una modelo, o por una actriz, incluso por una diosa de paseo por la Tierra. No solo era perfecta en su físico, mientras hablábamos, descubrí a una mujer culta —capaz de hablar en cinco idiomas distintos—, de maneras refinadas y mucho más preparada para ejercer cualquier otra ocupación que a la que se dedican la mayoría de las que conozco y se creen algo. Aunque debo reconocer que si alguna vez imaginé cómo debería ser una prostituta de lujo por la que un hombre estuviese dispuesto a  pagar más de 3.000 euros por noche hubiese descrito a alguien como ella. Barbie poseía un magnetismo innato —algo tan auténtico no podía ser aprendido— que hacía que los hombres babeasen en su presencia, manipulados, hipnotizados, incapaces de negarse a su voluntad y, sin embargo, era ella la que se sometía a la suya, eso sí, siempre y cuando pagasen la tarifa establecida. Tras varios meses relacionándome con prostitutas de la calle, de clubes y hasta con estudiantes que temporalmente alquilaban sus cuerpos ella era la entrevista estrella de mi investigación y debía aprovechar la ocasión para que me explicase sus motivos porque no lograba entender que alguien como ella eligiese voluntariamente ejercer la prostitución.  “Los hombres piensan que son ellos los que me utilizan pero no es así, ¿quién está pagando cantidades desorbitadas por pasar cierto tiempo conmigo? ¿Cuánto vale tu tiempo? Yo valoro sobremanera el mío y ellos lo aceptan, ¿quién usa a quién?” Le pregunté entonces por su vida personal, si es que la tenía. “Claro, todos la tenemos y yo dispongo de mucho más tiempo del que disfrutan la mayoría de las mujeres de nuestra sociedad”. No me estaba refiriendo a su tiempo de ocio sino a si tenía, por ejemplo, amigos o pareja. “Amigos tengo unos cuantos y, como la mayoría de adultos, puedo contar a los verdaderos con los dedos de una mano y pareja, en estos momentos, no, no creo que compense. ¿La tienes tú?”. Le respondí que sí y que pensaba casarme a finales de año. “Píensalo bien, ¿realmente necesitas firmar ese contrato? No tienes pinta de ser una de esas que viven del estúpido y triunfador de su marido mientras soportan la soledad de su ausencia y toleran sus líos, una de esas que van de señoras y son mucho más putas de lo que yo pueda serlo. Yo no engaño a nadie, tengo un precio y punto, las hay que se venden de por vida a cambio de una tarjeta de crédito y cierta posición social, cierta estabilidad y, en muchos casos, solo por compañía. ¿Vas a ser una de esas? No creo, no te pega”. Le expliqué que quiero a mi novio y mi concepto —irreal para ella— de las relaciones de pareja. Quise hacerle ver que no todos los matrimonios son como lo que ella describía y que hay ocasiones en que merece la pena luchar por un proyecto común. Sé que no se carcajeó cuando terminé de hablar por respeto pero su gesto la delató pese a la contención. “La fidelidad es algo utópico. Puede que exista en los inicios de una relación pero no con el paso del tiempo y las oportunidades, con los días y la dañina convivencia, cuando el deseo se aplaca hasta extinguirse y nada vuelve a ser igual. Con los meses, cuando conoces realmente a la pareja y los sentimientos dejan de nublarte la vista, llega un momento en que amplias tu campo de visión y si no se es infiel es porque no surge la oportunidad. No es cierto que el ser humano sea monógamo, es algo que nos han hecho creer e institucionalizar para asegurar cierto orden en la sociedad. Por eso muchos aguantan y soportan dobles vidas, porque no les conviene romper las obligaciones contractuales de todo lo que han adquirido junto a otro durante años, no es por amor, es por necesidad, por conveniencia. La mayoría de mis clientes son hombres casados que no quieren complicarse la vida con amantes. Muchos de ellos ya las han tenido y les ha salido mucho más caro así que optan por escarceos sin chantajes garantizados. No es una consecuencia de nuestro mundo materialista y superficial, ya en 1894 Oscar Wilde ponía de manifiesto la hipocresía de la sociedad a través de sus personajes con doble vida en la obra La importancia de llamarse Ernesto”. Le reproché conocer a y relacionarse con la peor parte de la sociedad, con la escoria del ser humano y le advertí que en mi mundo eso no es así y que todavía existen los matrimonios y las uniones por amor, por compromiso, y que todo eso que me cuenta de las infidelidades y los matrimonios por conveniencia no es así en todos los extractos sociales —quise convencerme a mí misma y fui vehemente—. “Te equivocas y está demostrado. ¿Sabes el alto porcentaje de hijos que no son del padre que los cría convencido de su legado biológico?”. Jaque mate. Me dejó sin argumentos. “No es cierto que el ser humano sea monógamo, como tampoco lo es que el hombre tenga la exclusividad del mundo de las infidelidades, ni que lo necesite más que el género femenino. La mujer es igual de infiel que el hombre, o más, lo que ocurre es que nosotras no aireamos nuestras hazañas y contamos con la ventaja de que es mucho más fácil engañarlos a ellos, eso sin duda”. En un arranque inexplicable de sinceridad le conté mi descubrimiento familiar de hacía unos días y el modo en cómo me afectaba y cómo había destruido todo aquello en lo que siempre había creído y la imagen que tenía de mis padres, motivo por el cual me tambaleaba emocionalmente hablando. Barbie cambió su gesto y me miró con aire maternal, cogió mi mano y la acarició transmitiéndome la empatía justa como para que no arrancase a llorar. “Voy a una fiesta esta noche, ven conmigo”.  Tras pasar por los necesarios arreglos en mi persona y tomando prestado un vestido de la firma Dior de su armario —el único que pude meterme sin parecer ridícula—, Barbie y yo aterrizamos en la sala destinada a fiestas privadas de una de las mejores discotecas de la ciudad de Barcelona. Un conocido actor de visita en la ciudad por el estreno de su última película era el motivo para el evento privado, privadísimo, al que se accedía con un pase por el que muchos matarían aunque a Barbie iban a pagarle —no quiso concretar la cifra ni quién la había invitado pero puedo hacerme una idea— por asistir. No había demasiada iluminación pero el habitáculo y su decoración eran impresionantes. Tal vez fuese por la falta de luz por lo que tardé en darme cuenta de que el chico apoyado en una de las columnas era uno de los ídolos musicales del momento. Casualmente había actuado esa noche en la sala pero no esperaba encontrarlo allí. Me parezco a mi madre físicamente pero tengo el carácter del que siempre he considerado mi padre, nunca he sido mitómana y, desde luego, no me dejo impresionar con facilidad. No daré su nombre pero me colapsé en cuanto pude verlo bien cuando Barbie me lo presentó como el que introduce a un viejo conocido. Sus ojos, su sonrisa, su planta, sus maneras, su olor, el tono de su voz y su forma de bailar me cautivaron y, sin darme cuenta, comencé a tontear con él, a flirtear descaradamente, ofreciéndome, dispuesta a todo. Él captó las señales —a veces les cuesta, en eso Barbie y yo tenemos la misma opinión— y, tras varias copas de cava, buscamos un lugar algo menos expuesto para poder dar rienda suelta a nuestros deseos y salimos de allí, sin dejar de besarnos, camino de las escaleras. Alcanzamos su camerino sin despegar nuestros labios y puedo definir lo que ocurrió a partir de aquel instante como uno de los mejores momentos de mi vida.  A la mañana siguiente intentaba buscar una justificación a mi comportamiento inusual mientras desayunaba con Barbie en el hotel en el que terminamos la noche. “Yo nunca he sido así”. No me reconocía pero no podía excusarme en el alcohol, no había bebido tanto. El ambiente, la música, su sonrisa… no, fueron las ganas, el deseo irrefrenable. “Te lo has pasado bien, no te machaques por eso”. “Pues sí, sinceramente, hacía mucho que no me divertía tanto”. “Y a mí, encima, me han pagado”. No pude responder. Barbie se había divertido tanto como yo y a cambio recibía una suma superior a mi sueldo de más de medio año, creo que fue en ese instante cuando entendí su elección. “Soy yo la que elige, la que utiliza. Los hombres pagan cantidades descomunales por estar conmigo pero siempre soy yo la que decide si estar con ellos, al igual que cualquier mujer, con la diferencia de que a mí siempre me compensa y no engaño a nadie”. 

No fue fácil regresar al mundo normal, a la cotidianidad sin sobresaltos del día a día que es mi vida. Por fortuna mi novio estaba de viaje realizando unos cursillos de formación y no tuve que enfrentarme a él de inmediato. Me tomé unos días para asimilar lo ocurrido y procesar la información proporcionada por Barbie y, también, para intentar solucionar la discusión con mi madre que me había hecho salir de casa dando un portazo. Una noche, mientras compartíamos un té helado le confesé mi desliz, me disculpé por haber sido tan intransigente con ella y le aseguré que, después de lo ocurrido, podía entenderla mucho mejor. Fue entonces cuando se sinceró: “No fue algo esporádico. Cada vez que iba a uno de sus conciertos terminaba acostándome con él, ya sabía a lo que iba cuando aceptaba sus invitaciones para asistir a las fiestas para vips. Al principio mi relación con tu padre no era más que un tonteo así que ninguno de los dos era fiel al otro, no había exclusividad y los dos lo sabíamos, pero debo reconocer que cuando —mi madre pronunció su nombre pero yo voy a omitirlo por razones obvias— te concebimos, nosotros estábamos a punto de casarnos. Él no pudo acompañarme al concierto y fui con unas amigas. En el arrebato pasional no utilizamos protección, cosa que sí hacía con tu padre, y por eso siempre sospeché que tú podías ser hija suya aunque nunca le conté a tu padre lo ocurrido ni, por supuesto, que no fueses su hija biológica, cosa que confirmé, sin que él se enterase ni lo sospechase, en cuanto naciste”. Le pregunté por su conciencia, mis remordimientos me estaban matando y ella había disimulado durante años. “No se lo digas. Nunca confieses una infidelidad esporádica si esperas que todo continúe igual en tu relación, si de verdad te importa seguir con esa persona. La verdad le hará daño y no cambiará la realidad, no borra lo ocurrido para que puedas sentirte mejor. Tienes que aprender a desmitificar ciertos actos y a quitar importancia a las cosas que no la tienen. Las cosas no son lo que parecen. No existe la pareja ideal ni las familias perfectas. Debes aceptar la imperfección de nuestro sistema y las debilidades del ser humano.  Elige a un compañero y apuesta por él pero no te engañes. Yo elegí a tu padre, y no estaba dispuesta a perderlo, porque merecía la pena, por un hecho que no tenía la más mínima importancia, por unas horas. Con los años te das cuenta de que percibimos ciertos hechos con una importancia que no tienen. ¿Lo has pasado bien?”. No respondí pero no hizo falta. “Pues guarda el recuerdo como lo que ha sido: un momento puntual de felicidad, de desfogue, y no se lo cuentes a nadie. Cuando tengas mi edad te darás cuenta de que lo único de lo que debemos arrepentirnos es de no haber aprovechado determinadas situaciones. Las oportunidades pasan y no suelen volver. Te aseguro que cuando tengas mi edad recordarás tu noche con —mi madre pronunció su nombre pero yo voy a omitirlo, de nuevo, por razones obvias— como uno de los mejores momentos de tu vida y te alegrarás por haberlo disfrutado”.

SG


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